Enamórate del vestido como lo hiciste de tu prometido. En el momento que lo ves no hay forma de disimularlo. Te imaginas en el altar y lo único que alcanzas a decir es: “Sí, este es el vestido”.
Ensuciarlo, mojarlo y hasta en casos extremos quemarlo, destruirlo o tirarlo. ¿El vestido de boda? ¡No!, afirmarían la mayoría de las novias y más aún sus mamás y las abuelas, quienes generalmente lo atesoran en el baúl de los recuerdos.